En el salΓ³n de clases, con mi grupo de amigas, mi hermana y yo, con tan solo 6 y 7 aΓ±os, Γ©ramos cΓ³mplices de juegos y muΓ±ecas. Mi hermana hace cinco aΓ±os me prohibiΓ³ que escribiera su nombre real. Dice que no quiere que sepan que hemos llorado, pero tambiΓ©n hemos reΓdo a carcajadas en las aventuras de un sinfΓn de travesuras.
Nada malo tiene la ficciΓ³n con el toque de realidad indicado, como una
receta de cocina. Claudia, alias mi hermana, ha conocido el dolor tanto como
yo, pero me he encargado todos los dΓas de mi vida de desdibujarlo, como si
fuera mi vida expuesta en un stand up comedy.
En los aΓ±os 80, los buses antiguos, los cruces de calle prohibidos y el
cigarrillo en todas las zonas permitidas y no permitidas nos deleitaban en el
rostro. Mi infancia era divertida; me he burlado de cada escena que recuerdo y
la he convierto en un episodio de historieta.
El absurdo suceso de mis zapatos es olvidado y recreado con total despojo en
la familia. La economΓa familiar era esquiva, pues mi padre era alcohΓ³lico y el
dinero de los libros se convertΓa en filas de botellas con distintas etiquetas.
Mi madre, en vista de esta realidad, recibΓa ropa y zapatos usados. Y uno de
ellos era talla 37, y yo talla 29. No fue a propΓ³sito, pero tuve que usarlos
todo el aΓ±o de 1987. Y cada vez que lo recuerdo muero de risa, pues siempre en
el recreo era llamada "GermΓ‘n Monster" por calzar 29 y llevar zapatos
talla 37 por todo el colegio.
Creo que llegaba mΓ‘s rΓ‘pido a todos los lugares, pues mis zapatos iban mΓ‘s deprisa que mi cuerpo.

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