GutiΓ©rrez va y viene por todo el campamento, pΓ‘lido. Al ver que cada vez son menos en las filas de su pelotΓ³n, ha perdido a varios de sus lanzas y extraΓ±a a su familia. Come poco y duerme cuatro horas; las raciones cada vez son menos: avena con agua y pan duro. Ha perdido fuerzas; sus brazos, ya cansados de caminar con el armamento, han hecho mella en sus huesos.

Conversa con el CapitΓ‘n y le dice que estΓ‘ dispuesto a renunciar a todo, porque esta pelea no vale la pena. El capitΓ‘n, con firmeza, le grita: "Sargento, no es hora de perder la cordura". El castigo por su flaqueza deberΓ‘ ser el horario de centinela por dos semanas. "No es momento de ceder", dice el capitΓ‘n. "Debemos estar unidos ahora mΓ‘s que nunca. Todo valdrΓ‘ la pena, porque es un paΓ­s que confΓ­a en nosotros". GutiΓ©rrez marcha firme hacia la garita. Desde allΓ­, en su desvelo, pensarΓ‘ mejor lo que hace y lo que en realidad ayuda al pelotΓ³n.

Sin titubeos, GutiΓ©rrez marchΓ³ dos, tres, cuatro, agobiado y rabioso por el grito del capitΓ‘n. Planea limpiar el fusil y cargarlo completamente, hasta que no entre ni una municiΓ³n mΓ‘s. Quiere estar preparado a la medianoche para disparar y alertar a todos en el campamento, haya o no enemigo a la vista, para darle un buen escarmiento al capitΓ‘n y al resto, que no son mΓ‘s de quince. Quiere hacerlos reaccionar y que, entre la confusiΓ³n, se alerten de su vulnerabilidad frente al enemigo.

Hay caminos elegidos y otros que vienen sin previo aviso. GutiΓ©rrez se obsesionΓ³ con la carrera en ciencias militares; era un anhelo generacional en su familia. Sus primeras imΓ‘genes de hombres con uniforme militar estΓ‘n en el pasillo de su casa: su bisabuelo, su abuelo y su padre pertenecieron a esas filas, con medallas, ascensos y distinciones por buen comportamiento. Una tradiciΓ³n familiar que deja poco a la suerte, pero que con el paso del tiempo fue creando descontento en el interior de este sargento consagrado.

No tiene otros recuerdos que asistir a ceremonias, brillar presillas y tener botas relucientes. El problema es que, entre la dualidad de sus reflexiones internas y la paz con guerra, parece que no combinan. Un fusil que no le trae paz. GutiΓ©rrez habla de la paz, esa que estΓ‘ dentro de sΓ­, y de la paz que quiere para Γ©l y para otros. Entonces, ¿CΓ³mo manejar el poder y tener la mente en paz? Al final, ¿a quiΓ©n le debes hacer caso: a tu ser o a tu poder? Esos guerreros con luchas ajenas y propias se ven cada dΓ­a y duermen con la conciencia tranquila. ¡Vaya tarea!